Monte El Gato ha sido reconocido como uno de los principales hábitats históricos conocidos del Coquí Dorado (Eleutherodactylus jasperi), una de las especies de anfibios más singulares jamás documentadas en Puerto Rico. Este coquí era endémico de la Cordillera Central, con registros confirmados únicamente en áreas montañosas de elevación media a alta, caracterizadas por alta humedad, frecuentes episodios de neblina y bosques densos.
A diferencia de la mayoría de los coquíes puertorriqueños, el Coquí Dorado presentaba un grado de especialización ecológica excepcional. La especie estaba asociada casi exclusivamente a bromelias epífitas, particularmente especies de los géneros Guzmania y Vriesia, que crecen sobre árboles en bosques montanos húmedos. Estas bromelias proporcionaban microhábitats estables con acumulación de agua, humedad constante y protección frente a depredadores, elementos esenciales para el ciclo de vida del anfibio.
Esta dependencia casi absoluta de un microhábitat específico convirtió al Coquí Dorado en una especie altamente vulnerable a cualquier alteración estructural del bosque, incluso cuando dichas alteraciones no implicaban la eliminación total de la cobertura forestal.
Desde el punto de vista biológico, el Coquí Dorado fue notable por su modo reproductivo ovovivíparo, un rasgo extremadamente raro entre los anfibios. Las hembras daban a luz crías completamente formadas, en lugar de depositar huevos, lo que eliminaba la fase larval acuática típica de la mayoría de las ranas. Esta adaptación estaba estrechamente ligada a su vida dentro de bromelias, donde el acceso a cuerpos de agua permanentes es limitado.
Contrario a una creencia popular extendida, el Coquí Dorado no era una especie silenciosa. Los machos emitían vocalizaciones, aunque su canto era tenue, de corto alcance y difícil de detectar, especialmente en ambientes montañosos expuestos al viento y con densa vegetación. Las vocalizaciones se utilizaban para comunicación reproductiva y territorial, pero no estaban diseñadas para propagarse a largas distancias como las del coquí común.
Los registros históricos disponibles indican que la distribución del Coquí Dorado fue extremadamente restringida, con poblaciones conocidas únicamente en sectores específicos de la Cordillera Central, incluyendo áreas de Cayey y montañas cercanas. Esta distribución fragmentada, combinada con su alta especialización ecológica, limitó severamente su capacidad de recolonización frente a disturbios ambientales.
De acuerdo con evaluaciones oficiales del U.S. Fish and Wildlife Service, el último avistamiento confirmado de Eleutherodactylus jasperi ocurrió en 1976. A pesar de múltiples búsquedas posteriores realizadas por herpetólogos y agencias gubernamentales, no se han obtenido registros confiables desde entonces. Como resultado, la especie se considera extinta, aunque formalmente clasificada durante años como “posiblemente extinta” debido a la dificultad de detección inherente a su ecología.
La literatura científica y los informes de conservación coinciden en que no existe una única causa identificada para la desaparición del Coquí Dorado. Entre los factores discutidos se incluyen:
Es importante destacar que no existe evidencia concluyente que vincule de manera directa un solo factor —como las plantaciones de pino, enfermedades emergentes o depredadores introducidos— con su extinción. La desaparición del Coquí Dorado se interpreta, más bien, como el resultado de una combinación de presiones ambientales actuando sobre una especie con márgenes de tolerancia muy reducidos.
El Coquí Dorado ocupa un lugar central en la historia de la conservación en Puerto Rico, no solo por su rareza, sino porque ejemplifica los riesgos asociados a la pérdida de microhábitats especializados en ecosistemas montanos. Su caso ha sido ampliamente citado en la literatura herpetológica como un recordatorio de la fragilidad de especies altamente especializadas frente a cambios aparentemente sutiles en el paisaje.
En el contexto de Monte El Gato, la presencia histórica del Coquí Dorado subraya el alto valor ecológico de estas montañas y refuerza la importancia de documentar, comprender y manejar cuidadosamente los ecosistemas montanos húmedos de la Sierra de Cayey.